En esta era tecnológica en la que nuestro cuarto o casa ya no son los únicos lugares que requieren de limpieza exhaustiva y frecuente, me di a la tarea de revisar los archivos de mi computadora, clasificarlos, considerar los que ya no sirven…
El problema de esas inusitadas jornadas depurativas es que vamos encontrando muchas cosas arrinconadas y después de una leve sacudida, las volvemos a guardar en el armario, en los cajoncitos escondidos, en la papelera de reciclaje o debajo de ese mueble donde “no estorban” de manera que inconcientemente seguimos conservando todo aquello que ya no sirve para nada, pero -suponemos-algún día podríamos reutilizar.
Y lo cierto es que pocas -poquísimas- veces volvemos a hacer uso de esos enseres que ocupan el espacio destinado para guardar nuevos objetos. El cariño, la costumbre, la melancolía, el afecto o la necedad nos hacen conservar todo lo que ya debería estar lejos.
Me he dado cuenta que estos procesos se dan en las cosas materiales, pero también y más frecuentemente en las emociones. Resulta fácil enviarlo todo a una papelera de reciclaje donde tarde o temprano podemos recuperar las tristezas, los malos ratos, las palabras que marcaron tanto, los disgustos, los rencores. Eliminar de manera definitiva todo esto requiere de un esfuerzo y un valor adicional implícito. Muy pocas personas tienen desarrollada esa capacidad de recomenzar, llevando consigo sólo lo que puede ser benéfico en sus vidas.
Estas épocas decembrinas en recuerdo de la Navidad y el fin del año, aluden mucho a este tipo de procesos y depuraciones en nuestra vida, los acontecimientos vividos anualmente, las cosas que tuvimos, todo lo que nos faltó por hacer y que pensamos lograr el próximo año.Si existe un motivo de aflicción al término de este año, piensen que muchos no tuvieron la suerte de estar en este punto de la línea del tiempo y el espacio. Asi que...aprovechémoslo.
¡¡Si cada nuevo día es la bendición de otra oportunidad, imagínenselo que significa el inicio de un nuevo año!!