
Alguna vez hace poco, eliminé a todos mis contactos sólo por una noche. Me puse unos audífonos, me acosté sobre el sillón en la oscuridad. Sólo admití a una persona. Si escuchaba el sonido de inicio de sesión, estaría segura de que era él y nadie más en línea. Y si, escuché el sonido esa noche. Después, se me hizo vicio hacer eso. Las noches que escuchaba el sonido, el corazón me latía más de prisa. Las noches que no escuchaba nada, me dormía triste. Y soñaba...unas veces dormida, otras despierta.
Y cuando menos lo imaginé, me descubrí descifrando el itinerario de aquella persona, sus escenarios, sus rutinas y a extrañarle. Y deseaba verlo conmigo, aunque lejos, a través de un cable, a veces de una bocina... Y cuando me di cuenta, me descubrí viendo fotos y escuchando canciones.
Conocí de la desesperación de escribir un mensaje y no obtener una respuesta. Revisar la bandeja de entrada e imaginar una larga lista de inferencias acerca de una ausencia, Y desear. Y esperar. Y soñar.
Y cuando por fin se conectaba, percibir cómo un saludo cambiaba toda la perspectiva de un día, o sentir la incertidumbre mientras se escribe y el interlocutor no reacciona inmediatamente. Después, con el tiempo uno termina por sentir miedo a esas ausencias y aprende a esperar que el otro sea quien emita el primer mensaje. Y un escalofrío chiquito nace en el vientre y se traslada por el cuerpo. Y te hace sonreír, hasta en los días nublados. Y uno se siente contento, pero triste.

Al principio me costaba trabajo aceptarlo. Pero escuchar la voz y percibir una mirada a través de una cámara o una imagen, nutre los sentidos y desarrolla lo que nos hace falta conocer de esa persona: su olor, su piel...su sabor. Y el deseo de completar toda la experiencia, nos mantiene embelesados, expectantes. El amor llega después de completar el proceso y a veces es una experiencia en singular.
Durante esas noches de pláticas interminables alguna de las frase s escritas puede hacer eco mucho tiempo, generar emociones parecidas a ese escalofrío que se siente al caerse de la cama, al mecerse en el columpio... alojarse en la memoria, tal y como fue expresada. Pasado el tiempo, se pueden citar textuales y resonar durante mucho tiempo en nuestra cabeza.
Y por fin se sabe lo que es leer y escribir en la misma proporción. Porque a veces uno lee mucho y es poco lo que se nos permite escribir, como si aquél contacto fuera más un monólogo para evitar la soledad.
A veces parece increíble, pero en realidad no lo es tanto si consideramos que Fermina Daza y Florentino Ariza se enamoraron por medio de la palabra escrita y con ayuda del telégrafo en los tiempos del cólera. En ese sentido el internet es sólo otro aliado tecnológico de principios de siglo.
No cabe duda, conforme avanza la edad, uno se enamora con menos frecuencia, pero con más intensidad.
Hoy intenté recrear en mi mente la sensación que genera escuchar que esa persona especial se conectara al messenger. Es genial, es inolvidable…Me quedé pensando si es demasiada cursilería recrear tal efecto.
Lástima que conforme pasen los meses, me esté quedando cada vez más sorda. Ofrezco una disculpa por abusar de la "y" creo que eran necesarias.