Llevo muchos días tratando de publicar este post. Aprovecharé esta noche en que me siento feliz, enojada, nostálgica, amargada, triste, llorosa, emocionada, incrédula y sensible. Mi amígdala se altera y recupera una cantidad de recuerdos que yacían en algún cajón oculto de mi cerebro. Y ese estado de convulsión emocional, casi siempre amerita un post.

Durante varios días he tratado de encontrar una explicación lógica que justifique la consecuente serie de ilusiones fallidas de la cual he sido objeto los últimos años y no solo en lo que a mi corresponde, sino a varias amigas. A veces pienso que todo se debe a que nos exponemos desde muy temprana edad a las más variadas teorías e interpretaciones sobre el amor, los sentimientos y las relaciones de pareja. Crecemos alimentando la idea consistente de que por alguna coincidencia cósmica existe alguien mágicamente compatible con nosotros que en algún momento se cruzará en nuestras vidas, quizá en el instante más inesperado y de una forma especial. Y mantenemos esa expectativa a lo largo de mucho tiempo, lo cual llega a ser frustrante cuando nunca ocurre o en cierto momento de la vida en que tenemos demasiadas historias acumuladas de “personas que no eran” lo que creímos y lo que esperamos. Más aún, si existe en particular una historia cuyos patrones se repiten consecuentemente, como es mi caso:
Un día te encuentras hablando con alguien y descubres que le gustan las mismas cosas garbosas que a ti; las conversaciones pueden ser fluidas, interesantes e inexplicablemente interminables; quizá esa persona se interesa por tus asuntos, sabe escucharte y más adelante descubres que comparten miedos, temores, alegrías… Es posible que llegue a suceder que con el tiempo, coinciden al expresar al unísono una misma frase y hasta a pensar simultáneamente lo que piensa el otro… Un día cualquiera antes de dormir, te descubres pensando que todo esto parece mágico...
Y acto seguido, fluye una serie de estragos que odio: El análisis noctámbulo de alguna frase que se dijo, la búsqueda de una interpretación o justificación que parezca satisfactoria o convincente respecto de esa frase. Odio la eterna lista de preguntas sin respuesta causante de tantos desvelos en espera de un mensaje, de una llamada, de algo que brinde lucidez emocional, claridad de las ideas, tranquilidad para poder dormir…y soñar. Odio sentir ese miedo a hacer una o varias preguntas cuya respuesta conozco de antemano.
Odio también esas frases tan universales, que suelen pegarse al inconsciente como lapas y perdurar a través de los tiempos y las personas esas que cuando las escuchaste, te hicieron pensar que las cosas eran distintas un “Nunca le había contado esto a nadie…” un “Contigo siempre fue distinto” o un “No eres igual a las demás…”
Odio las confesiones a media madrugada, las cosas que sólo se le pueden contar a alguien que es tan digno de merecer su confianza y de merecerla por siempre. Odio terminar llorando después de escuchar una canción que había borrado de una lista de reproducción unos meses atrás.
Por un lado odio repasar el historial de eventos que ocurrieron días atrás, rebobinarlos una y otra vez buscando los primeros signos de problemas, inventariando los días de ausencia, el distanciamiento y la cuenta de las lágrimas que todo eso causó. Y por otro lado odio pensar más de la cuenta en los recuerdos que le hicieron soltar una carcajada, los lugares y los momentos inusuales que no volverán a suceder y las veces en que una conversación fue ocasión para aprender, para crecer. Odio las tardes junto a la ventana imaginando un episodio que sólo tiene razón de ser en la imaginación. Odio ese recuerdo de la tarde lluviosa en que después de mucho tiempo, cuando es evidente que estás involucradada sentimentalmente, esa persona sólo sea capaz de decir un “Me gustas”. Y meses después, odio no haber sabido dimensionar esas dos palabras correctamente antes de que ocasionaran toda la serie de estragos.
Terminaré aludiendo a mi incapacidad para establecer una conclusión meritoria a este post, supongo que en lo sucesivo todo es cuestión de evitar en lo posible atribuir poderes mágicos a una serie de coincidencias inusuales entre otro ser humano y yo.
Lo único que amo de una convulsión emocional, es que me permite saber el momento justo en que ya todo terminó.